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Antigua tómbola de la caridad instalada en la Plaza de José Antonio ( la Constitución). Navidad años 50
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| La Coracha |
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| Rotonda paseo del Parque y la Coracha |
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| Panorámica de la Malagueta y el Puerto desde el parador de Gibralfaro |
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Años 50
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| Malagueta, mostrando en primer término la calle Maestranza y el almacén donde comprábamos las aceitunas |
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| Casas de Cantó años 50 |
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| Vistas desde el Mirador de Gibralfaro |
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| Vista desde el Ayuntamiento |
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| Vista desde Gibralfaro |
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| Paseo Marítimo, Caleta y Monte Sancha, años 50 |
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| La Equitativa en su última fase de la obra en 1956 |
La compañía de seguros la Equitativa, adquirió en 1947 los terrenos donde se ubicaba el antiguo palacio de la familia Larios, destruido durante la Guerra civil española el 12 de febrero de 1937.La empresa dio comienzo a las obras de construcción de un nuevo edificio denominado 🔍La Equitativa, diseñado por los arquitectos Manuel Cabanyes y Mata y Juan Jáuregui Briales, que introdujeron el modelo de los rascacielos estadounidenses en la ciudad, pero con elementos autóctonos en su decoración, tales como la torre de inspiración Neoislámica que remata con un hipotético Yamur el edificio. Las obras finalmente concluyeron en el año 1956.
El paseo marítimo pablo Picasso entre La Malagueta y los Baños del Carmen, era un viejo proyecto de los años 20. La primera propuesta técnica surgió del ingeniero Manuel Giménez Lombardo, y la primera piedra se colocó en 1928, como parte del plan de grandes reformas de la ciudad impulsado durante la dictadura de Primo de Rivera. Hoy en día se ha convertido en una de las zonas más lujosas y envidiadas de la ciudad. Este punto de Málaga tenía el problema de su coincidencia con el trazado del ferrocarril suburbano hacia Vélez-Málaga, contó el historiador Víctor Heredia, aunque finalmente se ejecutó en la segunda mitad del siglo XX.
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| Plaza de la Merced, al fondo la iglesia que dio nombre a la plaza junto al edificio donde nació Picasso |
La plaza de la Merced es uno de los monumentos más bellos de la ciudad de Málaga, los orígenes de esta pueden datar de hace más de 5 siglos, anteriormente era conocida como plaza del Mercado
La plaza adquirió un carácter más civil durante el siglo XIX, debido a los desfiles militares realizados por el ejército francés de la España napoleónica y, especialmente, cuando se hospedó en el número 15 de la plaza el general liberal Rafael del Riego el 19 de febrero de 1820. Este hecho influenció en la nueva denominación como plaza de Riego de este espacio. Por entonces se hallaba una fuente en el centro, que fue suplantada por el Monumento a Torrijos en 1842, obra de Rafael Mitjana, obelisco en cuya cripta alberga los restos fúnebres del general José María de Torrijos y sus 48 compañeros, fusilados en la playa de San Andrés en 1831.
La iglesia de nuestra señora de la Merced ardió con la quema de conventos de 1931 y fue demolida en 1964 para construir en su lugar un bloque de viviendas a mediados del siglo XX en esta iglesia en ruinas ocurrieron unos sucesos religiosos de índole iluminista con una congregación de irregularidad canónica denominada vulgarmente como "Las Hipolitinas"
Esta plaza también visiono el nacimiento de Pablo Ruiz Picasso en 1881 y el 5 de diciembre de 2008, se ubicó en el lugar su estatua sedente realizada en bronce.
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| Plaza de la Merced, al fondo el edificio donde nació Pablo Ruiz Picasso |
Picasso nació el 25 de octubre de 1881 en Málaga en el seno de una familia burguesa, en 1895 su padre obtuvo una cátedra en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, donde el joven Pablo fue admitido como alumno y cursó estudios durante dos años, lo que le condujo a pintar, quizás por complacer a su padre, fue un estudiante brillante y precoz.
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| Pablo Picasso "Naturaleza muerta con botella de Málaga |
Desde 1898 firmó sus obras como «Pablo Ruiz Picasso», luego como «Pablo R. Picasso», y solo como «Picasso» desde 1901. El cambio no parece implicar un rechazo de la figura paterna; antes bien obedecía al deseo de Picasso de distinguirse como personaje, iniciado por sus amigos catalanes republicanos, que tomaron la costumbre de llamarlo por el apellido materno, mucho menos corriente que el Ruiz paterno.
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Paco Ramos, Virgilio Galán, Jaume Sabartes, Jacqueline Roque, Pablo Picasso, Ricardo Serra, Gabriel Alberca, Ramos hijo, Alfonso de Ramón y Pepe Guevara, en la visita al pintor malagueño. 1957
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Alfonso de Ramon Monterde (Málaga, 1931-2008), primo hermano de mi padre, Juan Schwarzmann Monterde, fue miembro fundador de la Peña Montmartre, Alfonso de Ramón será siempre recordado como uno de los cuatro pintores malagueños –además de él, Pepe Guevara, Virgilio Galán y Gabriel Alberca– que en noviembre de 1957 se montaron en una furgoneta DKW para visitar a su paisano Pablo Picasso en Cannes, en su casa La Californie. La iniciativa había sido de un joven y entusiasta Vicente Ricardo Serra, y el más inmediato fruto de ella fue el cambio de nombre de la comunidad de artistas, que pasó a llamarse Grupo Picasso. A pesar de la falta de coherencia interna y de la ausencia de un proyecto definido, no cabe duda que ambas asociaciones aglutinaron los inquietos deseos de renovación plástica que caracterizaban a algunos jóvenes creadores de Málaga hace medio siglo, como, junto a los ya citados, Eugenio Chicano, Jorge Lindell, Enrique Brinkmann o Stefan von Reiswitz.
Alfonso de Ramón había comenzado sus estudios de pintura en 1950 en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga, y por los primeros dibujos hechos en los cincuenta que podemos ver en esta pequeña retrospectiva, un cálido homenaje a su trayectoria, era una persona dotada y con mano para el dibujo, pero que también estaba necesitada de una disciplina y de un ejercicio constante. Sus temas de esos años iniciales son los propios de la poética del sur: principalmente el mar, las embarcaciones de pescadores en el puerto, las playas de Málaga, las casas de sus barrios populares.
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| Óleo sobre lienzo "Puerto Marinero" de Alfonso de Ramón |
De aquel viaje a Francia queda un precioso dibujo a pluma, Tejados de Montmartre, muy suelto y desenfadado, fresco y lleno de espontaneidad juvenil, que, desgraciadamente, después no iba a tener la necesaria continuidad. Alfonso de Ramón se dedicó profesionalmente con los años a la decoración y el interiorismo, dejando la pintura y la escultura para sus ratos de ocio.
No obstante, hay logros aislados estimables, con referencias a las vanguardias históricas, especialmente al cubismo y al surrealismo, aunque también se encuentran influencias informalistas.
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Óleo sobre lienzo "carrozas con atracciones de feria" de Alfonso de Ramón
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Pensemos, por ejemplo, en una obra como Desayuno, que quiere configurar una estructura compositiva a base de trazos gruesos y gestuales, con colores terrosos, o mujer con perro, con una iconografía en la que se detectan atisbos simbólicos y un extraño eclecticismo. Ese mismo perro, con pico de pájaro, aparece en una de sus más divertidas esculturas, con explícitos rasgos fálicos. Interesado en el color y en el tratamiento de la forma entendida como puro divertimento, Alfonso de Ramón es un pintor ocurrente cuya nota más distintiva ha sido la alegría y el hedonismo que ha querido transmitir en toda su obra.
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| Jardines Pedro Luis Alonso |
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| Jardin Pedro Luis Alonso, estanque de los Patos años 60 |
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| Colegio de las Teresianas, antigua hacienda Giró, años 50 |
La hacienda Giró esplendor y decadencia.
La hacienda fue una de las grandes villas malagueñas del siglo XIX, construida por el rico comerciante Juan Giró, que la convirtió en un lugar de arte y cultura, con un jardín y un conjunto artístico muy notables. La hacienda fue vendida tras la muerte de Giró y pasó por varios usos: hotel, colegio y residencia de estudiantes. A finales de los setenta, la casa fue derribada y el jardín convertido en instalaciones deportivas. Hoy solo quedan algunos vestigios de lo que fue un patrimonio emblemático malagueño irrecuperable.
De la
hacienda Giró, en el Monte Sancha, apenas nos queda un impresionante murallón de 1863
El veterano murallón junto a la fuente de Reding, que parece soportar él sólo el Monte Sancha, fue la solución del propietario para eliminar de un plumazo «un callejón o apartadero de gente de mal vivir». Junto con una fuente superviviente, es el único resto que deja constancia de la Hacienda Giró, símbolo del poderío económico del industrial gibraltareño Juan Giró Morelo (1797-1872).
Cuando compró la finca en la ladera del Monte Sancha en 1853, apenas era un ventorrillo con viñas. En pocos años lo transformó en una de las mansiones más fastuosas de Málaga. sabemos mucho de esta histórica mansión, demolida inexplicablemente a finales de los 70 del siglo pasado. Contaba con jardines en terrazas de gran belleza, jalonados por fuentes, estatuas italianas del XVIII, así como arcos y barandillas de hierro forjado.
En cuanto a la casa, de unos 400 metros cuadrados, contaba con dos amplios salones con ricas pinturas en los techos de estilo Neopompeyano.
Habiendo muerto Giró en junio de 1872 y también su único hijo y heredero, Juan Giró Aramburu, en 1874, queda como heredera la viuda de Giró, Mª Manuela Aramburu. Ella abandonará la casa, pero no la venderá hasta 1888.
El 14 de julio de ese año se firma el contrato de compra-venta con Tomás Heredia y Grund, tras la muerte de Tomás Heredia en 1893, la finca pasó al conde de Barbate, que siguió con el alquiler a la señora Cooper y desde 1928 hasta su venta a las Teresianas en 1959, estuvo en manos de la familia Kusche, los fundadores de la conocida sociedad consignataria de buques. En ese amplio periodo la pensión se convirtió en el hotel Belaire, que en los años 30 se anunciaba como un balneario y tenía capacidad para 45 personas.
El diseño del jardín del Belaire fue modificado si bien respetando las líneas principales y la compartimentación en terrazas. Ya en un plano de noviembre de 1931 vemos la nueva composición. A ambos lados de la escalera se disponen sendas terrazas con una fuente en el centro y setos de flores alrededor, dejando pequeños caminos entre ellos para ser recorridos en los paseos de los huéspedes.
El rico arbolado y vegetación heredado de los primeros propietarios será objeto de especial atención por los nuevos dueños. Instalaron un invernadero y plantaron un jardín de cactus y junto con jardineros profesionales venidos de Alemania crearon un jardín exótico con especies únicas en el sur de España. Es decir, hicieron del jardín un lugar de interés botánico.
También la casa fue levemente modificada para adecuarse a las nuevas necesidades. Se llevó a cabo una ampliación hacia el monte del piso bajo con lo que se pudo disponer de un comedor apropiado para un hotel.
El interior de la casa contaba, además de con las pinturas ya mencionadas, con una decoración valiosa. El salón principal, pavimentado con unos preciosos azulejos, tenía muebles de estilo alemán e inglés y algunas pinturas de interés como el cuadro de Morcillo con dos gitanas.
Las Teresianas levantaron el colegio en 1963 sin tocar la casa, que se usó como residencia para monjas y alumnas, hasta que a finales de los 70 fue demolida para construir una moderna residencia, el centro Almar.
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El barquillero (Marivi comprando chuches) 1958
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| El barquillo, ofrecía todo tipo de chucherías, palodú, avellanas y los altramuces entre ellas. |
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La Coracha
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| Alcazaba y Coracha, entrada al túnel de "Mundo Nuevo" finales años 50 |
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Alcazaba y Aduana finales años 50
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El Colegio Alemán en República Argentina
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| Colegio Alemán 1960 |
El Colegio Alemán: Modernidad y Disciplina
Tras su etapa en el corazón de la ciudad, el Colegio Alemán (Deutsche Schule) se asentó a mediados de los años 50 en una villa situada en la intersección de las calles Fernán Caballero y República Argentina. Este centro no era solo una institución pedagógica para la colonia europea; representaba el rito de paso para la progenie de las familias malagueñas que ansiaban una educación cosmopolita y rigurosa en una España que despertaba de su autarquía.
La estética de los alumnos era el preludio de su futuro estatus: carteras de cuero, con ropa mas formales que el resto pero sin llegar al uniforme y una estricta disciplina en las aulas y que se manifestaba incluso en la explanada que estaba delante de la puerta de entrada, donde los juegos eran supervisados por el profesorado. Esta formación era entendida como una inversión estratégica; el pupitre de madera en El Limonar, era el primer peldaño hacia un mundo globalizado.
Un breve recuerdo de mi infancia: La mañana empieza antes de que el sol caliente del todo las fachadas blancas del Limonar. Desde la ventanilla del coche veo pasar las villas con sus jardines cuidados; buganvillas, verjas de hierro, alguna palmera.
El coche se detiene frente a la casa del colegio. No parece un colegio, sino una villa grande, con dos plantas y un jardín que sube en ligera pendiente. Ya hay algunos compañeros en la entrada. A uno lo trae la criada; a otro, su padre, que apenas se baja del coche. Nos miramos sin hablar mucho. No hace falta.
Entramos. El suelo del vestíbulo está frío. Huele a cera y a madera. un gran hall de entrada a la derecha y entramos en una sala situada a la izquierda en lo que antes debió ser un salón. Ahora es nuestra clase. Los pupitres no son todos iguales; el mío tiene una esquina algo gastada. En la pared hay un mapa de Europa y una pizarra oscura. El profesor ya está dentro.
—Buenos días. Nos ponemos en pie casi al mismo tiempo. Él asiente. Nos sentamos.
Empieza la clase, repetimos palabras, leemos en voz alta. El profesor corrige sin levantar la voz, pero cuando se detiene delante de alguien, el silencio pesa. Nadie quiere equivocarse. Yo repaso mentalmente antes de hablar.
Tiza sobre pizarra. letras y números claros, sin adornos. El profesor escribe despacio, como si cada línea tuviera que quedar perfecta. Copiamos en nuestros cuadernos. Solo se oye el roce de los lápices.
A media mañana salimos al recreo. El aire ya es más templado. La luz lo llena todo. Corremos hacia la explanada de tierra. Uno trae una pelota. Jugamos sin demasiadas reglas, pero siempre mirando de reojo hacia la casa, donde uno de los profesores vigila desde la sombra.
—¡Pásala! El balón levanta polvo al caer. Alguien se cae y se sacude rápido. No hay llantos largos. El recreo es corto.
Algunos hablamos de lo que haremos al salir.
El Colmado de los Villegas
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| Recreación de la calle Ramos Carrión, al fondo el Cuartel de la Guardia Civil diseñado por Fernando Guerrero Strachan en 1920 |
El Colmado de los Villegas: El Puente entre Dos Mundos
En la calle Ramos Carrión, arteria que conecta la zona baja con las villas de las laderas, se erigía el establecimiento de Don Antonio Villegas y Doña María. En los años 50, este despacho de pan y ultramarinos funcionaba como el auténtico "centro de operaciones" social. Era una institución de confianza en una comunidad que valoraba la personalización.
El colmado era el engranaje que permitía el funcionamiento del ecosistema:
El sistema de "fiar": La confianza se traducía en cuentas corrientes mensuales y pedidos telefónicos, un servicio esencial para las villas que trepaban por la accidentada orografía.
El mostrador dividido: Mientras Doña María gobernaba el interior tras su mostrador de madera entre sacos de legumbres, Don Antonio solía despachar las chucherías en el exterior, convirtiendo la acera en un espacio de interacción vecinal.
Personalmente tengo el recuerdo con 7 años, comprando caramelos en su establecimiento, pues mi abuela residía en la Avda. del Limonar y cuando me llevaba al colegio Alemán, pasábamos siempre por la calle Ramos Carrión.
Para los niños del Colegio Alemán, el colmado era un paraíso sensorial resumido en una palabra sagrada: Paladu. Aquel regaliz de palo que se mordisqueaba durante horas era el hilo conductor de una infancia compartida:
Botes de cristal con tapa de metal: De donde surgían caramelos de violeta, de nata o de café con leche, vendidos por unidad.
Papel de estraza: Cucuruchos que albergaban castañas asadas o altramuces, según dictara la temporada.
Chocolate cortado a cuchillo: Trozos desprendidos de grandes bloques que Doña María manejaba con precisión artesana.
Cada tarde, al sonar la campana, el trayecto hacia el colmado de los Villegas se convertía en el momento más esperado del día. En ese pequeño espacio de la calle Ramos Carrión, las jerarquías se diluían. El mostrador de madera se transformaba en un altar donde convivían las notas manuscritas de las villas —encargando aceites y conservas finas— con los dedos manchados de chocolate de los alumnos.
Era una interacción humana profunda: el tendero conocía los nombres de la progenie de los Larios, los Bolin, los Alvares Net y los Smerdou, tratándolos con una familiaridad que nivelaba momentáneamente las distancias sociales. Don Antonio, gestionando los pedidos de ultramarinos que subirían a las mansiones, y Doña María, repartiendo "chuches" a los niños, personificaban un modelo de identidad vecinal donde el comercio era, ante todo, un lazo de pertenencia. Sin embargo, la llegada del automóvil y la motorización de la sociedad pronto empezarían a rasgar este tejido de proximidad.
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| Recreación del Colmado año 1960 |
La importancia del Colmado de los Villegas y las villas del Limonar reside en su papel como pegamento social en un barrio diseñado para el aislamiento. Con el declive de las grandes fortunas familiares y el alto coste de mantenimiento, muchas mansiones han mutado en clínicas —como el histórico Sanatorio Bustamante—, consulados o academias, preservando la fachada pero alterando el alma.
Para comprender la relevancia de un comercio como el de los Villegas a mediados de los años 50, es imperativo analizar la génesis urbanística del Limonar. Este barrio no surgió de forma espontánea, sino como respuesta a una planificación deliberada liderada por el ingeniero José María Sancha en el siglo XIX. Sancha concibió un espacio de retiro para la burguesía mercantil e industrial que, enriquecida por el comercio con América y las fábricas de hierro y textiles, buscaba alejarse de la insalubridad y el ruido del centro urbano y las zonas industriales del oeste.
El diseño del barrio se basó en la construcción de villas y "hotelitos" rodeados de amplios jardines, protegidos por verjas de hierro que, si bien permitían la ostentación visual desde el exterior, garantizaban la intimidad de sus ocupantes. Este modelo arquitectónico, caracterizado por torreones con tejas vidriadas y vegetación exótica como las araucarias, configuró una identidad de barrio segregada y elitista que perduró intacta hasta bien entrada la década de 1960
La desaparición de estos comercios de proximidad simboliza el tránsito de una Málaga aristocrática y pausada hacia una urbe globalizada y veloz. No obstante, la memoria de El Limonar no solo reside en sus grandes torres de tejas verdes, en la luz plateada que baña el cercano cementerio anglicano o en la sombra de sus ficus centenarios. Habita, sobre todo, en el recuerdo de esos botes de cristal tras un mostrador de madera, testimonios de un tiempo donde la distinción de una villa y la sencillez de un trozo de chocolate compartían la misma vereda.
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Primeros semáforos en la Avda. del Generalísimo (Alameda) y calle Larios finales 1959
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La Plaza de Uncibay en 1959 con dos cines: el Málaga Cinema (1935-1974) y el cine Goya (1923-1970)
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Hotel Miramar en Málaga, finales años 50
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El Morro. Finales de los 50
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Puerto finales años 50
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Ortofoto comparando el puerto en 1956 con el actual
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La obra de mejora (color naranja) realizada 54 años después, consistió en reforzar la dársena exterior de San Andrés con una tecnología con mayor resistencia al oleaje
Los trabajos consistieron en la ejecución de un nuevo dique de abrigo de 260 metros de longitud, generando una superficie de tierra de 15.000 metros cuadrados, un muelle pesquero de 120 metros de longitud y dando abrigo, además, a la nueva dársena náutico-deportiva de San Andrés --ubicada en la desembocadura del río Guadalmedina.
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